De los Demonios y los Días,1956
RUBÉN BONIFAZ NUÑO
Caminos, esquinas, encrucijadas.
Silencio de gente que se ha dormido;
Que se ha protegido con paredes
Y puertas y carne; que se oculta
De su corazón que sabe.
A estas horas,
Ay, amigos míos, artesanos,
Pintores, astrónomos, marineros,
Estamos despiertos. Es trabajo
Nuestro el de arreglar algunas cosas.
Hace falta estar atentos, tendidos
Para no perdernos nada;
Para recobrar lo que olvidamos.
Pensar, conocer, por ejemplo,
Qué es lo que sucede cuando se encuentran
Dos que van a amarse; qué, cuando muere
a solas alguno que quisimos.
Y cuando sentimos que un invisible
Se instala de pronto al lado nuestro,
O se va en secreto, nos abandona,
¿qué hay, que no era nuestro, en la primera
Mirada, el saludo que cambiamos con alguien?
Vivimos confusos; pero en torno
Un mar apacible y en orden
Cerca nuestras islas desordenadas.
Ay, amigos míos;
Señoras, señores que no me escuchan:
Hay oficios buenos, necesarios a todos;
El que hace las camas y las mesas,
El que siembra, el que reparte cartas,
Tienen un lugar entre todos: sirven.
Yo también conozco un oficio:
Aprendo a cantar. Yo junto palabras justas
En ritmos distintos. Con ellas lucho,
Hallo la verdad a veces,
Y busco la gracia para imponerla.
Amargo es perder un amigo,
O desde una esquina en la noche
Mirar alejarse a la mujer que nos deja.
Pero se tolera bien, se soporta.
Es horrible, es ávido sin remedio
El terror que asalta de repente
Los huesos, congela nuestras entrañas,
Cuando nos ocupa el pensamiento
De que han de morir, antes que nosotros,
Aquellos que más hemos querido.
Sus gestos, sus dulces ademanes,
La ternura suya, se van guardando
En alguna parte en que no hay olvido;
Una vez saldrán, fatalmente,
Vueltos ya gemidos mansos, heridas,
Angustioso nudo que se desata
Y que al desatarse nos anuda:
Nos despierta inválidos para siempre
Llenos del amor que nos dimos.
Cuidadosamente, sin darnos cuenta,
Preparamos lágrimas a diario;
Las acumulamos, las escondemos
En algún aljibe secretísimo,
Para cuando llegue la hora del lloro
Y el crujir de dientes, ante una sorda
Presencia, en los bordes de un agujero.
Cómo nos invade la sangre el ansia,
El anticipado remordimiento,
La estéril dureza de no haber dado
Lo que era precioso que diéramos,
Y que era tan poco: acaso
Un silencio tímido que comprende,
Un trozo de pan compartido
Algo lo bastante grande
Para edificar una dicha,
Y a la vez tan tímido, tan desnudo,
Que nada permita esperar en cambio.
A mitad del frío de febrero,
Con una esperanza de viento cálido,
Me alcanzó un primer anuncio, un fantasma
De la primavera concupiscente.
Ya de nuevo todas las cosas
Habrán de empezar a buscarse
Unas a las otras. Vendrán las noches
Breves, los latidos bajo la tierra,
Y los vegetales brazos, y el agua.
Y también nosotros abriremos
Esta soledad, porque nos duele,
Y perseguiremos nuestra ventura
A golpes de ciegos enfurecidos.
Qué triste resulta que no sepamos,
Solos entre todo, la palabra
Capaz de acercar lo que no tenemos.
Es cierto: sin duda se progresa:
Apenas se está empezando, y se pueden
Armar infiernitos que en una sola
Llama precipiten al otro mundo
Cuatrocientos mil infelices;
Encender lucientes, perfectas máquinas,
O quitar mejor las enfermedades.
¿Pero en dónde está lo que se ha ganado
Para estar tranquilos, para vernos,
Para conseguir nuestra compañía?
Incompletos somos, mutilados horribles
Que nos deshacemos buscando a tientas,
En otros, los miembros que hemos perdido.
En espejos rotos nos reflejamos,
En mustias imágenes fragmentadas,
Y por las rejillas del reflejo
Escurre, se pierde trágicamente
Nuestra vida más preciosa y despierta.
Y es para sentarse a llorar de envidia
Ver que torno nuestro las piedras,
La tierra, las plantas, los animales,
Armoniosamente se consuman,
Se juntan tranquilamente, relucen
De tan firmes, cantan de tan seguros,
Mientras nos quebramos nosotros.
Si alguien se olvidara de todo
Lo que le enseñaron, y decidiera
Despreciar las cosas por las que vive
Y sentarse, mucho tiempo, en el quicio
De una puerta ajena, desconocida,
Sólo para ver pasar a las gentes,
Es casi seguro que encontraría
Un terror anónimo en su sangre,
Una soledad que no imaginaba.
En la madurez de la primavera
Las dulces muchachas, despreocupadas,
Sacan a la calle sus deseos
Vestidos con ropa ligera. Se ven los hombros
Húmedos, el pliegue bajo los brazos;
Al sol y la sombra se transparentan
Piernas asombrosamente desnudas.
Eso puede verlo todos los ojos.
Pero pocos son los que han visto
Lo que se trasluce en el paso
Normadle las gentes; lo que habita
Más allá de faldas y pantalones,
Y que esculpe en todos la ineficacia completa
De un modo demente, de un suicida,
De un ratón con piojos que rasca.
Nadie está conforme con nadie; todos
Se apagan en medio de su fracaso;
Encuentran que nada tiene sentido;
Soportan, mecánica, una vida
Que en ninguna forma les corresponde.
Un adolescente ha caminado
Con su novia pálida, en el silencio
De un jardín a solas bajo la tarde;
La habrá acariciado en secreto, con ganas
De llorar; le habrá dicho versos aprendidos
Del declamador sin maestro; la habrá llevado,
Después, a la puerta de su casa.
Y ahora se mete en el cuarto
De un hotel, y mira sus zapatos puestos,
La cama usadísima, la barriga
De la ramerilla que lo acompaña,
Y siente que es pobre en su vergüenza,
En su miedo, a solas en todas partes.

Law Minomino dijo
Al parecer encontraste alguien que escribe igual de largo que yo...
sobre lo que escribe... el autor se detuvo a oler las rosas y le sorprendio su propia putrefaccion... uno mas que recupera el olfato espiritual... esperemos que no se acostumbre y busque verdaderas flores... porque si las hay.... lo se... puedo olerlas... no las veo, pero se que estan ahi...
Bonito dia.... y bonitos sueños en la noche...
19 Diciembre 2006 | 10:40 PM